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Sixto V

Felice Peretti (13 de diciembre de 1521 27 de agosto de 1590) fue elegido papa el 24 de abril de 1585, tomando el nombre de Sixto V.

El nuevo papa era un hombre curtido en los tribunales de la inquisición en los que había participado con tanta severidad que, siendo consejero inquisitorial en Venecia durante el pontificado de Pío IV, su inclemente rigor obligó al gobierno de la Serenísima República a solicitar del papa que lo llamase a Roma y la liberase de su presencia. Sin duda era el indicado para salvar a Italia del bandidaje instituido en la que había quedado sumida a la muerte de su predecesor Gregorio XIII. Sirviéndose del cardenal Colonna persiguió ferozmente a cuantas cuadrillas de malhechores esparcían sus hazañas por campos y ciudades, y pronto el puente de Sant'Angelo se convirtió en una nutrida exposición de cabezas de enorme poder disuasorio. Lo doloroso es que, cuando la temible policía vaticana se quedó sin tajo por falta de salteadores lo bastante osados como para enfrentarse a los brutales métodos del papa, se dedicó a hostigar con idéntico celo y rigor a prostitutas, ladronzuelos y demás chusma bribona. Sixto V se creó una merecida imagen de amo cruel y concitó sobre sí el odio de sus súbditos. Consciente el propio pontífice de que el pueblo romano no habría de erigir una estatua en su memoria una vez fallecido, se la dedicó él mismo en vida en la cima del Capitolio; no debió contar con que los oprimidos ciudadanos de Roma ni pensaban ofrendársela ni estaban dispuestos a tolerar un acto de egolatría de aquella naturaleza y les faltó tiempo para echar la estatua a tierra en cuanto hubieron echado tierra sobre su titular.

También hacia Inglaterra y su reina se dirigió la belicosidad pontificia. Había sido él mismo quien, años atrás, en 1569, había redactado la bula de excomunión de Isabel I promulgada por Pío V. Quiso unir a las naciones católicas contra la apóstata pero se vio decepcionado al comprobar que no anidaba ya en las cortes europeas el viejo espíritu de cruzada y que la defensa de la fe no movía ejércitos salvo que mediasen otros intereses más tangibles y materiales. Al menos podía confiar en que Felipe II sí tenía sobradas razones para empeñarse de lleno en la empresa de Inglaterra. Apeló al soberano español con su peculiar y característico tono irritantemente conminativo exigiéndole, más que pidiéndole, que ejecutase «alguna empressa famosa» en pro de la religión y contra Isabel I. Felipe, que solía realizar anotaciones marginales en los documentos que él mismo leía y despachaba, apuntó en la misiva papal: «¿No les deve parecer famosa la de Flandes, ni deven pensar lo que se gasta en ella? Poco fundamento tiene lo de Inglaterra». No obstante, dada la insistencia del papa Sixto, instruyó a Olivares, embajador ante el sumo pontífice, para que se cerciorase de la auténtica voluntad de éste en aquel asunto y obtuviese de su parte un compromiso formal de colaboración económica y de respaldo político. El papa ofreció este último sin límites y el económico con cicatería: ni la mitad de los gastos, como se pretendió en principio, ni un millón de ducados, como al final se le pedía; prometió 300.000 y sin demasiadas garantías. O así le debió parecer al monarca español que, ante la contingencia de que pudiera no efectuarse el pago por fallecimiento de quien lo afianzaba con su palabra, hizo que el colegio cardenalicio jurase cumplir, llegado el caso, con la obligación asumida por el papa. Felipe II acabaría enviando en 1588, con la bendición papal, la malograda «Armada Invencible» cuyo desastre tuvo tiempo de lamentar Sixto V durante los dos años que aún sobrevivió.

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