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Primera Guerra Carlista

Guerra Civil que tuvo lugar en España entre 1833 y 1840, como consecuencia del conflicto dinástico que dio lugar al Carlismo.

Table of contents
1 Trasfondo
2 Los contendientes
3 La Guerra
4 Batallas
5 Extranjeros
6 Canciones
7 Se puede ver mientras avanza el desarrollo
8 Literatura

Trasfondo

A principios del siglo XVIII, el Rey Felipe V de España promulgó la Ley Sálica, de origen francés, que prohibía a las mujeres heredar la corona española. De esta forma, pretendía evitar que los Habsburgo recuperaran el trono a través de líneas dinásticas femeninas.

Un siglo más tarde en 1830, el Rey Fernando VII de España tuvo un grave problema: no tuvo hijos varones, sólo dos hijas, Isabel (posteriormente conocida como Isabel II de España) y Luisa Fernanda. Su padre, Carlos IV de España había hecho un tímido intento de eliminar la ley sálica, y Fernando decidió llevarlo a cabo promulgando la Pragmática Sanción, para que su hija mayor pudiera heredar el trono y ser proclamada Reina tras su muerte, siguiendo la tradición española.
Naturalmente, esto perjudicó a su hermano, Carlos María Isidro de Borbón y Parma, heredero legítimo de la corona según la Ley Sálica, de modo que sus partidarios (entre ellos, el ministro Calomarde) presionaron a Fernando VII para que cambiara de criterio y derogara la "Pragmática". Sin embargo Fernando, bastante enfermo ya, mantuvo su postura y cuando murió, el 29 de septiembre de 1833, Isabel fue proclamada reina; debido a su minoría de edad, se proclamó Reina Regente a su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.

La situación política en la España de la primera mitad del siglo XIX era compleja: tras la Guerra de Independencia, Fernando VII había abolido la Constitución de 1812, probablemente la más moderna y liberal del mundo en su tiempo, mediante el Manifiesto de Valencia. Fernando comenzó un reinado de monarca absoluto, gobernando por decretos y restaurando la inquisición. Al final de su vida e influido por su mujer, María Cristina, Fernando hizo concesiones a los liberales que les hizo abrigar ciertas esperanzas de un régimen menos absolutista; sin embargo, los partidarios del absolutismo no eran pocos, y ante el riesgo de que María Cristina y posteriormente Isabel hicieran reformas en ese sentido tomaron partido por su opción natural: Carlos María Isidro.

Los contendientes

Gran parte del pueblo de las Provincias Vascongadas y Navarra tomaron el bando de Carlos debido a su tradicionalismo y al histórico respeto a la Iglesia Católica; ideológicamente, Carlos estaba claramente de su lado. Muchos autores han especulado con la posibilidad de que la causa carlista en el País Vasco era fundamentalmente foralista. Sin embargo, parece ésta una visión interesada, con la intención de crear indicios de un nacionalismo vasco anterior a los hermanos Arana (una versión inspirada y claramente neutral puede encontrarse en "Historia del Nacionalismo Vasco", de Stanley G. Payne). Desde luego, los vasconavarros pensaron que un gobierno tradicionalista respetaría mejor las antiguas costumbres forales que el liberalismo amenazaba. Pero la principal razón de la masiva movilización de la población rural (la población urbana, más liberal, permaneció del lado de María Cristina) en las Provincias Vascas y Navarra debe buscarse en el influjo del clero vasco en la sociedad. Salvador de Madariaga, en su libro "Memorias de un federalista" (Buenos Aires, 1967), acusa al clero vasco de ser "el corazón, el cerebro y la raíz de la intolerancia y la línea dura" de la Iglesia Católica en España. Además, hay otras causas sociales y económicas que no han sido convenientemente estudiadas. De hecho, hay más libros narrativos sobre la guerra carlista en el País Vasco (por ejemplo, "Aviraneta o La vida de un conspirador", de Pío Baroja) que trabajos históricos. Esto implica necesariamente una visión "romántica" del pueblo vasco luchando por sus derechos contra el régimen extranjero de Castilla.

Un buen ejemplo de esta visión romántica lo podemos encontrar en un artículo de Karl Marx publicado en el "New York Daily Tribune" en 1854: "El carlismo no es un simple movimiento retrógrado y dinástico que algunos bien pagados y embusteros historiadores liberales han tratado de explicarnos. Es un movimiento popular y espontáneo en defensa de tradiciones más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial... El tradicionalismo carlista posee una base auténticamente popular formada por campesinos, pequeños propietarios y el bajo clero".

La iglesia fue tan ambigua como se esperaba, pero muchos sacerdotes (como por ejemplo el famoso Cura Merino) lucharon en el bando carlista. (En especial hay que destacar el papel que estos representaron como emisarios. Ello debido a que los liberales mantenían estrecha vigilancia en el movimiento de personas por los caminos, exigiendo pases y pasaportes, de cuyo obligatorio uso estaban exentos los eclesiásticos, siendo ellos los mensajeros que hicieron posible mantener la información entre los tres campos carlistas: Pais Vasco-Navarro, Cataluña y Maeztrazgo).

Entretanto, en Cataluña y Aragón, el pueblo vio la oportunidad de recuperar sus derechos forales, perdidos tras la Guerra de Sucesión Española cuando Felipe V de España derrotó a sus fuerzas que luchaban en el bando del Archiduque Carlos de Habsburgo, el otro candidato al trono tras la muerte de Carlos II. Resulta bastante irónico que Catalanes y Valencianos fueran a la guerra para defender la Ley Sálica, que había sido proclamada por un rey que aún hoy odian.

En el otro lado, liberales y moderados se unieron para defender el "nuevo orden" representado por María Cristina y su hija Isabel. Controlaban las principales Instituciones del Estado, casi todo el ejército y todas las ciudades importantes. Recibieron importantes apoyos del Reino Unido, Francia y Portugal; esos apoyos tomaron la forma no sólo de importantes créditos para el tesoro de Cristina, sino también de apoyo militar: los británicos enviaron a la "Legión Británica", cuerpo de voluntarios mandado por el general Lacy Evans y los portugueses llegaron a hacer intervenir a un cuerpo de su ejército bajo el mando del Barón Das Antas.

Sin duda los liberales tenían suficiente fuerza como para terminar la guerra en dos meses, pero un gobierno ineficiente y la dispersión de las fuerzas carlistas dio tiempo a Carlos a consolidar sus posiciones y resistir durante casi siete años en las provincias del Norte y del Este.

La Guerra

Tres caudilllos - uno carlista, cristinos los otros dos- dieron con su personal estrategia y táctica un desarrollo a la contienda en tres fases diferenciadas.

Fase Zumalacárregui, 1833 -1835

En el pronunciamiento de los militares contra Isabel II destaca el insólito hecho de que no tuvieron el apoyo de fuerza militar. El general Ladrón de Cegama, sin mando en Valladolid (residencia de la Capitanía General de Castilla la Vieja), y el coronel Zumalacárregui, retirado pero viviendo en la plaza fuerte de Pamplona, huyeron de sus lugares de residencia para pronunciarse sin arrastrar consigo fuerza alguna de las importantes guarniciones de las plazas en las que se encontraban. Se considera históricamente como el principio de la rebelión el grito de "Viva Carlos V" que lanzó el funcionario de Correos Manuel María González el 3 de octubre de 1833 en Talavera de la Reina (Toledo). La guerra se considera como comenzada cuando el general Santos Ladrón de Cegama proclamó como rey a Carlos V el 6 de octubre de 1833 en Tricio (La Rioja), apoderándose con los voluntarios sublevados de Logroño y pasando a Navarra a unirse con los sublevados de esta provincia.
La unión de estos voluntarios en Navarra fue el embrión de las tropas de las que se hizo cargo Zumalacárregui el 14 de noviembre de 1833 en Estella y que hicieron posible que la guerra durase siete años.

La guerra, por los motivos expuestos, fue mucho más larga y dura de lo que se pensó en un principio. Las fuerzas carlistas comenzaron obteniendo importantes victorias en el norte, bajo la dirección de un genial general llamado Tomás de Zumalacárregui. Sin embargo, y haciendo caso omiso de las recomendaciones de éste, el pretendiente Carlos decidió conquistar Bilbao. Con una ciudad tan importante en su poder, los bancos ingleses le proporcionarían créditos para terminar la guerra; y los necesitaba, su falta de fondos era probablemente su principal problema. Pero en el sitio de Bilbao, una bala perdida hirió a Zumalacárregui, falleciendo el 24 de junio de 1835. El bando carlista no encontró digno sucesor del genio de Zumalacárregui, sino personajes muy mediocramente dotados para el mando militar, pasando por lo tanto la iniciativa al bando liberal.

Nota: Este artículo está en desarrollo, por lo que puede haber lagunas de contenido y deficiencias de formato. Rogamos paciencia. Mientras tanto, puedes ir contribuyendo a ampliarlo y mejorarlo.


Fase Córdova, 1835 - 1836

Entretanto, en el este, el general carlista Ramón Cabrera, conocido como El tigre del Maestrazgo, mantuvo la iniciativa durante casi toda la guerra, pero sus fuerzas fueron demasiado escasas como para alcanzar una victoria decisiva sobre las fuerzas liberales. Tras la muerte de Zumalacárregui, los liberales recuperaron lentamente la iniciativa pero no fueron capaces de ganar la guerra hasta 1840.
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Fase Espartero, 1836 -1840

La conclusión en el norte -Navarra y provincias vascongadas- vino con el Convenio de Oñate firmado el 29 de agosto de 1839 entre el general liberal Baldomero Espartero y el general carlista Rafael Maroto, confirmado con el abrazo que se dieron estos dos generales el 31 de agosto de 1839 ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en las campas de Vergara, acto que se conoce como el Abrazo de Vergara. Algunos autores han calificado a Maroto como un traidor que prácticamente forzó a Carlos María Isidro a firmar la paz, pero no cabe duda de que los carlistas estaban demasiado desgastados y el régimen liberal demasiado afianzado ya como para continuar la guerra. En el este, Cabrera siguió luchando varios meses, pero al quedarse solo tuvo que huir a Francia en 1840. Gracias a esto, Cabrera fue considerado un héroe y volvió posteriormente para participar en la Tercera Guerra Carlista.
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Batallas

Extranjeros

Fueron numerosos los extranjeros que se alistaron en el bando carlista, siendo a destacar los que publicaron sus vivencias de la guerra: el inglés C.F.Henningsen, los franceses Alfonso Barres de Molard y Alexis Sabatier y los alemanes Ausgusto von Goeben,
Adolfo Loning, Félix Lichnowsky y Guillermo von Rahden.

Un inglés participó activamente para humanizar la guerra (Lord Elliot) y otro para terminarla (Lord John Hay).

Canciones

Se puede ver mientras avanza el desarrollo

Literatura






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