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Manuel Barahona

Manuel Barahona, pintor impresionista.

Nace en Puente Genil, (Córdoba), España 1948. En 1969 gana una beca de estudios en la Escuela de Arte y Oficios "Mateo Inurria" de Córdoba. En 1975 ingresa en la Escuela Superior de Bellas Artes "Santa Isabel de Hungria" de Sevilla.

En 1976 gana el segundo premio en obra gráfica, en el III Certamen Nacional del Deporte en las Artes. En 1980 gana la beca "Bartolomé Esteban Murillo" para estudios de pintura en Londres.

En 1975 fija su residencia en Sevilla y en el 2000 se traslada a la Colina Blanca del Aljarafe sevillano, en Camas La obra de Manuel Barahona figura en permanencia en importantes galerías de nuestro país y está representada en pinacotecas españolas y europeas y en colecciones particulares de Estados Unidos, Alemania, Argentina, Inglaterra, Mexico, Suiza, Venezuela, Francia y Hong Kong.

Poeta pictórico profundo enamorado de su tierra, Manuel Barahona es un gran comunicador, intérprete fidedigno a la vez que sincero mensajero de una Andalucía tantas veces aireada y glosada por artistas de todos los géneros.

				
En su particular visión de este mundo singular, Barahona recrea a realidad viva del campo andaluz y sus gentes. Del trabajo cotidiano sin alharacas ni tópico alguno; en la dura y singular expresión en la época de las cosechas: aceituna, algodón, vendimia, corcho, en los distintos cometidos seculares en los que las máquinas no son protagonistas. Imágenes plenas de humanidad, limpias de fácil y equívoco folklorismo. Ambientes transidos de sinceridad, en una situación y momento en que hombres y mujeres se entregan a su tarea y constituyen un mensaje de laboriosidad, todo ello en constante y directo contacto con la naturaleza. "Esa humanidad que tan generosamente ha sabido captar y reflejar en los lienzos Manuel Barahona, con su fina sensibilidad porque son su pueblo, son su raza, son su sangre y son su alma", como ha escrito del artista Antonio Morales.

Vicente J. Amiguet. (Critico de Arte)

LA PINTURA DE MANUEL BARAHONA

Aproximarnos a la obra de Manuel Barahona es hacerlo a la Andalucía profunda. Pero no a la Andalucía del tópico, a la Andalucía costumbrista decimonónica de cante y baile. Barahona pinta el campo de Andalucía, ancestral y eterno, y a pesar de todos sus problemas, de su abandono, nos lo plasma con todo lo que tiene de hermoso, de profundo y de esperanzado en su cruel desesperanza. Su obra es una descripción de la realidad que hunde sus raíces en los más íntimos sentimientos y en una arraigada y profunda humanidad.

Con la obra de Barahona nos adentramos en el paisaje andaluz, en el mundo que siempre ha rodeado al pintor, que ha contemplado y que admira y siente profundamente. Y es el mismo artista quien, de una forma directa y sincera, nos aproxima a su obra: "Pinto el campo porque lo llevo en el alma. A veces lloro pintando. Y nunca me ha interesado otro tema. En el campo, en mi campo, veo Andalucía y a través de él puedo expresar lo que siento. Pintar es gozar, pasarlo en grande. Pintando te emocionas, sientes, ríes, lloras... Es una maravilla. Y también es sufrir, y mucho... Me gustaría que todo fuera como lo quiero, como lo deseo, y no es así.. En la pintura te metes, estás en tu mundo, allí dentro puedes respirar, es como un caparazón protector. Luego sales y ves que las cosas no son así, como las sueñas... Pinto lo que veo y trato de dignificar al campesinado. Por esto pongo siempre la figura en mi obra, y en primer término. Al campesino le doy la máxima importancia. Es mi manera de luchar por una idea de dignidad humana. Sólo lo puedo hacer a través de la pintura, de los pinceles, no de otra forma. No se hacer otra cosa que no sea pintar".

Y así, Barahona encuentra su temática en el mundo sencillo, en el hombre del pueblo, en el paisaje inmediato. Pero su paisaje se hace animado por la presencia del trabajo y Barahona se convierte en un singular pintor costumbrista de su momento que pinta lo que ve en el campo, lo que pasa a su alrededor pero lo pinta a su manera, destacando Francisco Anglada que Barahona "no se atiene a la mera captación del paisaje, sino que recrea en lo que la tierra tiene de autenticidad y verdad: el trabajo humano y cuanto en su entorno hay de verdad", añadiendo este mismo autor, que "se ha dedicado a un amoroso culto cromático a los trabajos del campo andaluz, a todas y cada una de esas mil tareas del olivo y el algodón, del cereal y de la huerta, del transporte por tracción de sangre y los ritos ganaderos".

Sus paisajes son siempre sugestivos y sugerentes, y Barahona los resuelve con sensibilidad, brío y acierto cromático que basa en el dominio que el pintor tiene de la luz y el color, captando todos los matices y colores que sabe plasmar, magistralmente, con sus pinceles en sus lienzos. Y es la luz, su luz, una de las preocupaciones plásticas de Barahona, pues el pintor es consciente de su cambio, tal como se recoge en una entrevista de Anglada: "Y hablando de eso de la luz en el verde de los olivos, resulta que para Manuel Barahona tampoco todos los verdes de olivo son iguales. Él tiene establecida una diferencia muy clara entre las hojas de un olivo cordobés y las de un olivo sevillano. En Sevilla el verde del olivar es intenso; el olivar cordobés presenta, en cambio, una tonalidad más cenicienta. Y, claro, el contacto de la luz con uno u otro olivar determina matices diferentes en cada caso. Sorprender y describir esos matices es lo que él cree que ha de hacer todo aquel que quiera trasmitir a los demás el mensaje íntimo del campo de Andalucía. Luego cada faena agrícola tiene su luz y su perfil. La vendimia se hace bajo la luz todavía entera de septiembre y octubre, como la recogida de la aceituna de mesa. La luz decembrina que preside, en cambio, la recolección de la aceituna de almazara tiene más apagado el tono: es una luz más corta, más oblicua, y le da a las hojas perennes del olivar otras penumbras".

Y las gentes de Barahona, las gentes de su pueblo, las que pueblan sus cuadros son, como escribe Margarita Iglesias, "figuras que se desenvuelven en el duro trabajo del campo y que habitualmente se nos muestran de espaldas al espectador de la obra, como pareciendo ignorar que sus tareas pueden ser objeto de mayor interés para otros que para ellos mismos". Con encantadora naturalidad y expresividad en sus gestos y actitudes, nos los presenta como si estuvieran vivos dentro de su entorno, y Barahona, saliendo al campo andaluz, a su campo, que él conoce como pocos, capta las escenas de las labores agrícolas, convirtiendo cada uno de sus cuadros en el testimonio de la presencia y trascendencia del hombre en la naturaleza. Y así, olivareros, vendimiadores, labradores, sembradores, espigadores, cosecheros de maíz o de algodón, muchas voces personajes anónimos, que se protegen del sol con sombreros y pañuelos, que ocultan sus miradas a la luz cegadora o regresan cansados a la atardecida, personajes sin rostro o que Barahona vuelve de espaldas hacia el espectador, se convierten as en protagonistas de una cultura agraria que, pese a la mecanización, se resiste a morir y, que en todo caso, han encontrado en Barahona un "notario" excepcional, con sensibilidad y oficio que?lejos de que en su obra haya una denuncia social, aunque no esté exenta de preocupación? nos acerca, transmite y poetiza el trabajo de estas gentes en el campo, con su alegría y con su luz. Y por todo ello, por su pintura y preocupación, Barahona, ha recibido el calificativo de "pintor del campo andaluz", afirmando su paisano Gabriel Cejas que "su pintura, preñada de una pletórica exaltación andaluza, vivencial y no populista, eleva nuestros ojos al vibrante espacio del color y la luz de nuestra tierra y cultivos más arraigados; donde la frescura del elemento humano se conjuga en armonía de tonos y matices con la aridez del terruño andaluz".

-Wilfredo Rincón García Jefe de Departamento de Historia del Arte del C.S.I.C. MADRID

LA TÉCNICA DE MANUEL BARAHONA

La obra de Barahona, desde un punto de vista técnico, se apoya en su correcto dibujo, suelto, lleno de dinamismo y vitalidad; en su preciso ritmo en la composición y, particularmente, en su especial sentido del cromatismo y del tratamiento luminico. Pinta con el color y la materia aplicada con pincelada ágil, firme, breve y segura, con discretos y sabios empastes, lo que viene a incidir en el resultado, presentando una pintura radiante, luminosa y resuelta.

A propósito de su técnica, los numerosos críticos de arte que han escrito sobre su obra inciden en su veta impresionista, que el mismo pintor ha puesto de manifiesto en distintas entrevistas. Efectivamente, su pincelada, que como ya hemos apuntado, se caracteriza por ser ágil, fresca y luminosa, nos aproxima a la técnica impresionista, pero este impresionismo de Barahona lo debemos entender sin exceso, pues su pintura no se apoya ni incide en el simple efectismo- en muchos casos un recurso fácil- sino que se basa en una composición que estudia y cuida, partiendo de algunos certeros dibujos a lápiz o ejecutados- según ha manifestado el pintor- a la caña con tinta china.

Y a propósito del color- ocres, grises, verdes y amarillos, brillantes o apagados- con los que refleja el paisaje y las labores de campo de su tierra andaluza, recordaremos que se ha destacado en la obra de Barahona, como él mismo lo hace, la armonización de los colores al entorno geográfico en el que se capta la escena, la estación del año, la hora del día y la intensidad de la luz, de la que se manifiesta como un amante apasionado, afirmándose que la luz en sus cuadros no es factor accidental sino "protagonista". La luz, inunda todo el lienzo, estableciendo ritmos casi mágicos de luces y sombras, captando la atmósfera que respiran sus protagonistas.

A propósito de su evolución, de su trabajo e investigación resulta definitiva la opinión de Francisco Anglada, cuando escribe en 1980, cuando Barahona está en un momento culmen de su producción: "Ha buscado y buscado, a cuestas con su pasión por la luz, probando todas las variantes, hollando todos los terrenos de la técnica, pulsando todos los resortes de la expresión, desde el "collage" y los abstractismos más radicalizados hasta las formas más metidas en lo clásico".

Y por lo que corresponde a la técnica artística de Manuel Barahona, no olvidaremos, para finalizar, su facilidad para la realización del dibujo, que ejecuta de una forma rápida y segura, no como obra definitiva sino como apunte o boceto para composiciones más ambiciosas, y las resueltas acuarelas en las que esta técnica parece adecuarse a su pasión por la luz y las transparencias, con las que logra, al igual que en su obra pictórica, esas magníficas perspectivas y profundidades de sus paisajes animados por el trabajo de su pueblo andaluz, del que él forma parte cultural y espiritualmente.

Wilfredo Rincón García Jefe de Departamento de Historia del Arte del C.S.I.C. MADRID

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